Sala de Títeres

“La importancia de los títeres radica en el hecho de que son una más de las manifestaciones culturales del hombre, aunado al valor estético e histórico que tienen…”, afirma Arturo Montero Alarcón, docente de la Escuela Nacional de Conservación, Restauración y Museografía (Centro de Investigación y Conservación del Patrimonio Paul Coremans).

La historia de los títeres de  de la Compañía  Rosset Aranda se remonta a 1835, cuando los hermanos Leandro y Tomás Rosete Aranda esculpieron algunos títeres de “palo dulce” que fueron terminadas con una calidad impecable, la esposa de uno de los hermanos Rosete Aranda realizaba los vestuarios y ponía los accesorios de acuerdo con la caracterización del personaje, para lo cual utilizaba:  aretes, peinetas, zapatitos de madera bastones, yelmos; todo estaba de acuerdo con la personalidad del personaje.

Una vez que los muñecos eran tallados, se les inyectaba creolina y petróleo para protegerlos de la polilla. Probablemente este procedimiento y el amoroso cuidado que les prodigaba a sus dueños los han hecho sobrevivir a través del tiempo.

Asimismo,  también escribían las obras, pintaban los telones, fabricaban los escenarios. La familia de muñecos Rosete Aranda fue creciendo, creciendo hasta llegar a contar con 35000 pequeños actores, que cumplían con una doble función: enseñar y divertir a los espectadores. En las funciones había desde entonces iluminación, efectos de sonido, música. En fin, escenas tan reales que el auditorio se olvidaba de que estaban presenciando una función de títeres. La empresa creció porque los familiares políticos de Rosete Aranda se integraron a la compañía, introduciendo más trabajo, creatividad y elementos técnicos.